Ninguno de los países de América Latina destina más del 1% de su Producto Interno Bruto a la investigación y al desarrollo (I+D), lo que contrasta con países de otras regiones del mundo donde la inversión en I+D supera el 2%.
América Latina es, junto con África, la región del mundo que menos invierte en I+D.
Según muestra un estudio de la UNESCO en colaboración con la Red de Indicadores de Ciencia y Tecnología (RICYT), los países latinoamericanos representan aproximadamente el 2% de la inversión mundial en I+D, sólo por delante de África y muy por detrás de Norteamérica (39%), Europa (31%) y Asia (26%).
“La inversión en I+D del sector privado es, en todos los países, inferior a la inversión pública, en forma opuesta a lo que ocurre en los países industrializados”, explica Mario Albornoz, experto en política científica y coordinador del RICYT.
Exilio
Tras investigar el camino que recorren los científicos en América Latina, BBC Mundo confirmó que la carencia de estrategias para promover el sector científico en la región ha tenido un impacto directo en lo que se ha denominado la “fuga de cerebros”.
Muchos emigran para estar en contacto con las novedades científicas, así como por la posibilidad de acceder a la tecnología de punta en los países que los acogen. Pero los científicos “exiliados” también buscan solventar las dificultades económicas que implica asumir la ciencia como carrera.
“Hoy en día, sin una beca de investigación, es imposible desarrollarse en la ciencia”, dice Fabio Salamanca-Buentello, un médico mexicano de 33 años egresado de la Universidad Nacional Autónoma de México y hoy investigador en el Centro McLaughlin de Medicina Molecular de la Universidad de Toronto, Canadá.
Pero la búsqueda de fondos para la formación y el financiamiento de las investigaciones no están exentos de controversia. Los procesos de selección son altamente competitivos, y no todos tienen acceso a los recursos escasos que el sector privado y el estado destinan a la investigación y el desarrollo.
Regreso
Al dilema del exilio, se suma el del regreso.
¿Está América Latina lista para recibir el talento que se preparó en el exterior?
Para René Drucker Colín, director general de Divulgación de la Ciencia de la Universidad Nacional Autónoma de México (UNAM), las políticas científicas de la región no están pensadas para favorecer la reinserción de aquellos que han partido en busca de mejores oportunidades académicas y deciden luego emprender el regreso.
Otro de los elementos que hay que tomar en cuenta al analizar la situación de los científicos en la región, es el impacto que tiene la agenda internacional en las líneas de investigación en Latinoamérica.
“Cuando uno empieza a producir descubrimientos para resolver problemas locales y concretos, interesa menos a la comunidad científica internacional”, opina Pablo Kreimer, investigador del Conicet y director del Instituto de Estudios sobre la Ciencia y la Tecnología, en Argentina.
A esto se debe agregar, según el especialista, la competencia a nivel internacional por el dominio del conocimiento, encabezada por Europa y Estados Unidos.
“En instituciones europeas y estadounidenses se intenta reclutar a los investigadores mejor formados de países en desarrollo, a quienes luego se les ayuda a financiar sus propios laboratorios para que participen en programas internacionales de investigación”, explica Kreimer a BBC Mundo.
Así, la ruta de aquellos que deciden dedicarse a la ciencia en América Latina está plagada de obstáculos, que van desde la falta de políticas científicas a las carencias de infraestructura; y de los dilemas de la especialización a la necesidad de publicar en revistas específicas para consolidar su fama académica.
La Liga sufrió más de lo que se esperaba, pero finalmente consiguió lo que todo un país deseaba, soñaba: ¡ser campeón de la Copa Libertadores de América!
Y si bien es difícil describir en palabras la emoción que se vivió en el Maracaná y en las calles de Quito, siempre es necesario entregar un marco para semejante conquista.
Hay una imagen que describe casi todo. Había que verlo al Patón Bauza, un viejo conocido de todos los argentinos, sentadito en la banco de suplentes, con los brazos cruzados, mientras se ejecutaba la serie de penales. No se le movía un músculo de la cara. Pero eso ocurrió hasta que Cevallos detuvo el tercer penal y allí sí, el inconmovible DT, se quebró, tapó su rostro con las manos, y se largó a llorar como si fuera un niño.
Si Bauza lo vivió así, un tipo curtido en mil batallas, no queremos ni imaginar qué le debe haber pasado a todo el pueblo ecuatoriano, que esperaba ansiosos un triunfo de esta envergadura, que llegaba para confirmar una década de excelencia para el fútbol de un país que jugó los últimos dos Mundiales y que ahora quiere sumar el tercero en serie.
¿El partido? “Que nos importa el partido”, seguramente dirán los simpatizante de la Liga. Y lo bien que hacen. Porque esos primeros 70 minutos, cuando Fluminense sacó una ventaja que parecía decisiva, fueron un verdadero calvario para un equipo que, hasta ese juego en el Maracaná, había demostrado ser muy pero muy fuerte como visitante.
Pero estuvo claro que la responsabilidad nubló la mente y hasta endureció los músculos de varios jugadores. Y por eso, esas dos terceras partes de la final fueron francamente frustrantes. Cevallos no se mostraba seguro, la defensa hacía agua, el mediocampo no controlaba la pelota, Guerrón se empeñaba en maniobras individuales y poco eficaces, Manso no aparecía, Bieler estaba aislado.
Hay una ley que dice que cuando el enemigo es grande, si se lo tiene herido, hay que aprovechar la oportunidad para matarlo. Porque la reacción de un león herido es mucho más temible que la de uno en condiciones normales.
Pero Fluminense no fue fiel a esa frase. Y cuando parecía que lo tenía para el nocaut, para despacharlo, dejó escapar a la Liga, que se hizo dueño de la pelota en la última parte del juego y en el tiempo extra. Y jugó como lo que es: un grande del fútbol latinoamericano.
No fue nada demasiado ostensible ese dominio, hay que decirlo. Pero en vista de lo que había ocurrido antes, era para valorarlo. Estaba claro que a los brasileños se les había acabado la gasolina. Y que la Liga tenía algo de reserva en el tanque como para vender cara lo que podía ser una derrota.
Y así fue como en el alargue, de no ser por un error del asistente del árbitro argentino Baldassi (el juez, uno de los mejores del mundo, cometió muchos errores pequeños y no estuvo en su nivel habitual), la Liga se hubiera llevado la Copa. Ya que cuando quedaban tres minutos, Claudio Bieler anotó de cabeza, pero el tanto fue anulado por una inexistente posición adelantada del delantero argentino.
Pero como la justicia alguna veces, muy de vez en cuando en el fútbol, se hace presente, la corrección para semejante error llegó en al serie de penales, en donde José Cevallos se mostró inmenso, deteniendo tres de los cuatro penales que le ejecutaron.
Y así fue como el delirio llegó para los dos mil ecuatorianos que se apiñaban en las tribunas del Maracaná, mientras que las otras 75 mil almas brasileñas hacía silencio.
El festejo fue ecuatoriano. La Liga fue el mejor equipo del torneo. Y por fin, por primera vez en su historia, abandonó el lugar de campeón moral para convertirse en campeón con mayúsculas.
Para que todos los pudieran festejar. Incluso en el resto de Latinoamérica.